Autor: P. Fernando Pascual LC | Fuente: Catholic.net Abiertos a las correcciones buenas

No es fácil esa apertura, sobre todo cuando creemos que los demás no tienen ni el “nivel” ni la experiencia para llegar a la suela de nuestros zapatos.

Abiertos a las correcciones buenas

No es fácil vivir abiertos a las correcciones que nos llegan de familiares y de amigos, de conocidos y de personas que están lejos. Porque casi siempre la corrección duele, deja un mal sabor en el alma. Porque cuesta constatar que otros juzgan y dan consejos sobre la propia vida, sobre lo que decimos o hacemos.

Existe en el corazón humano un instinto profundo de autodefensa. Muchas veces consideramos nuestras elecciones, nuestros gustos, nuestro estilo de vida, como bueno y conveniente. Por eso, la llegada de una voz o de una mirada que reprocha, que corrige, es recibida, en muchos casos, con actitudes negativas. Es entonces cuando nos “enrocamos”, nos cerramos a cualquier ayuda, pues no la vemos como ayuda, sino como interferencia, como algo hostil e invasivo.

Existen, es cierto, reproches agresivos que buscan hacer daño, que nacen a veces desde actitudes de venganza. Ante tales reproches, necesitamos defendernos, para que una palabra no nos hiera, no nos destruya internamente, no nos contagie de los sentimientos oscuros de quienes entran para invadir la propia vida.

Pero si descubrimos en tantas otras correcciones una actitud de afecto sincero, de interés por nuestras personas y nuestras acciones. Si reconocemos que el reproche sólo es ofrecido para nuestro bien. Si nos damos cuenta de que el consejo busca apartarnos del mal camino, ayudarnos a evitar peligros, orientarnos a horizontes buenos y sanos, entonces es posible superar actitudes de autodefensa malsana para abrirnos a consejos constructivos.

No es fácil esa apertura, sobre todo cuando los criterios personales se han endurecido, cuando hemos llegado a creer que los demás no tienen ni el “nivel” ni la experiencia suficientes para llegar a la suela de nuestros zapatos…

Pero si no tenemos actitudes altaneras, si no despreciamos ni al grande ni al pequeño, ni al rico ni al pobre, ni a quien tiene muchos títulos ni al que no tienen ninguno, entonces podremos abrir el alma a cualquier corrección valiosa que nos ofrezcan tantas personas buenas que buscan, simplemente, ayudarnos a orientar un poco mejor el camino de la propia vida.

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