Alguien protegerá al meón

 

Comienza la convención de educadores en un famoso lugar del Universo, todo el escenario está preparado para poner en discusión los acuerdos a los que serán sometidos los súbditos del imperio. Entre los invitados especiales sobresalen; Platón, Aristóteles, Dewey, Sócrates, Hostos, el Maestro Rafael Cordero y representantes del Consejo Superior de Ahorros y Pensiones.  La reunión es presidida por el enviado del Presidente de la República. Se discute la agenda de la reunión y todos estipulan que allí debería estar un representante de los maestros y administradores escolares. Surge la primera discusión entre los presentes, ¿a quién se seleccionará?, ¿a uno de los Felicianos, a de los Díaz, a los Maderas? Bueno esos son pedagogos, pero, ¿y que de los que dirigen los liceos educativos? Sin duda alguna surge de inmediato la primera sospecha, esta gente está dividida. Platón propone que se tire un sorteo, por otro lado Aristóteles sugiere que no se inviten, Sócrates establece que como medida de consenso sean invitados todos. Se acepta la recomendación y se les invita para la próxima reunión. Llegó el día esperado, todos llegan al encuentro con sus propuestas y contrapropuestas. El punto principal de la reunión estál relacionado a la reforma a las clausulas de ahorros y retiros de los que aportan al Consejo Superior de Ahorros y Pensiones. Ante la discusión y tranque en las negociaciones el grupo de los pedagogos y los enviados del Presidente de la República se levantan de la mesa. No hay acuerdos, esto parece que se fastidió, ahora divididos, el Presidente de la República se encargará de imponer su voluntad. Los invitados especiales se presentan como mediadores, pero no hay éxito. Cada cual se va a sus tareas y al filo de las 12 p.m. el Comité de Fusilamiento recibe un escrito del Presidente para que reforme todo lo relacionado al Consejo Superior de Ahorros y Pensiones. Se abren las puertas de la casa del Comité de Fusilamiento y rebeldes vestidos con camisetas amarillas y reforzados por aliados irrumpen en el salón de la discusión. Con palos, bolígrafos, altavoces y pancartas provocan que los miembros del Comité de Fusilamiento abandonen el salón, ahora ellos son los que mandan allí, dicen que son pedagogos y eso se arregla a su manera, si el Presidente de la República los engañó, ahora a ellos hay que escucharlos. Interesante, surge de atrás de la cortina un Feliciano que da órdenes a los insurgentes, hay que dar un golpe de estado, hay que destruir propiedades, ocupen los asientos, tomen como rehenes a los miembros del Comité de Fusilamiento que quieren destruirnos, sin miedo. Una diminuta mujer muy Lara se sienta en la butaca del Presidente del Comité de Fusilamiento y agita las masas. Les recuerda que como pedagogos tienen que actuar, si hay que empujar, a empujar, olviden las lecciones de Platón, Aristóteles, Sócrates, Dewey, Hostos y el Maestro Cordero. Lo necesario es defender nuestro futuro, añade la Lara. Al otro lado del tumulto aparece una Díaz solloza, lamentando el engaño, lamentando los incidentes que se han dado, expresa que ella no es parte del grupo, no los conoce, son enemigos de la República.

A lo largo se observa en una de las bancas a un grupo de camisas amarillas haciendo un círculo, el Feliciano y la Lara, ante el cuestionamiento de los cronistas, indican que están en oración para que no ocurra ningún acto de vandalismo y que el Presidente de la República renuncie a sus reformas. Pero gran sorpresa, hay un tubo roto en aquella banca, era evidente que alguien había roto la tubería subterránea, el chorro de líquido amarillo y con un olor extraño empezaba a fluir por toda la línea de banca. Delataba a alguien o a algunos, algún acto terrorista, hay que abandonar el lugar antes que explotemos, se escuchaba entre los integrantes del círculo. Se escucha que ante el aparente acto de terrorismo el Gobierno de la República vecina había activados sus tropas antiterroristas para el análisis correspondiente de la sustancia extraña que corría por la banca. Luego de múltiples análisis, era evidente, alguien de los del círculo no pudo controlar su esfínter y ante la vejiga llena y la incontinencia urinaria terminó meándose en la banca. Que mejor forma de concluir el asalto a las instalaciones que con una buena mea. De ahora en adelante el grito de lucha, difundido a todo el mundo, es que el ataque es con meao. Si, así es que se lucha diciéndoles a los padres niños y público que la expresión mágica de una protesta es una buena mea. Total alguien protegerá al meón.

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